domingo, 14 de noviembre de 2010

"Vanity Fair", de William Makepeace Thackeray

Por fin (y cuando digo "por fin" incluyo todo el énfasis posible) he sido capaz de terminar una de las grandes obras literarias, después de meses. Y si no me creéis, mirad el Canon de Bloom.

Es cierto, está en la lista, pero lo digo de broma, no me matéis.

La cuestión es que leí la novela con sentimientos encontrados que esperaba me cambiaran al llegar a las últimas 200 páginas de la misma. Pero no ha sido así.


A la hora de enfrentarse a "Vanity Fair", me veo obligado a dar el mismo consejo que le daría a cualquier persona que fuera a realizar un primer acercamiento a, digamos, Jane Austen: ni se os ocurra intentarlo, a no ser que seais forofos de la estirada, hipócrita, artificiosa y vanidosa sociedad inglesa de principios del siglo XVIII y la época Victoriana. Hay que tener estómago para aguantar dicha sucesión de acontecimientos sociales regidos por normas absurdas, que encorsetaban la ya de por sí encorsetada vida del momento. A mí, personalmente, me gusta, pero en el caso concreto de "Vanity Fair", encuentro algunos puntos clave que pueden hacer difícil su lectura.

Primero, y dejando aparte la condición de "tochal" que tiene el libro (y no solo eso, sino que, al menos en la edición de Oxford World's Classics, la tipografía hace que después de 30 páginas no sepas ni donde estás. No quiero ni imaginarme como es la edición Penguin...), Thackeray nos "deleita" con una descripción exageradamente minuciosa de la vestimenta, pormenores del rango social y las fiestas.

Y cuando digo "exagerado" y "minucioso", me refiero a "enfermizo". Os juro que después de esto podría escribir una novela victoriana con total fidelidad histórica y sin anacronismos. Ahora, como vuelva a leer la palabra "shawl" (mantón) en un libro, le pienso pegar fuego. Esto es, para mí, un gran problema en la obra, pues estas descripciones frenan la narración mucho más de lo que una descripción normal suele frenarla. Si algo he aprendido en "Comentario de textos" es que hay que respetar las descripciones, pues a veces hacen avanzar la historia más que la propia narración, pero este no es uno de esos casos. Si Thackeray se hubiera ahorrado la repetitiva enumeración de aparejos que realiza, la novela tendría 400 páginas en vez de 800, y su lectura sería mucho más placentera.

Segundo, el sensacionalismo del narrador. El narrador es la pieza principal de "Vanity Fair", y creo que es la auténtica obra maestra, y no el libro. Una auténtica mezcla de narrador intrusivo, con incisos autoriales escondidos, a cada cual más satíricos, riendose (muy recatada y sutilmente) de esa "Feria de la Vanidad" a la que el título se refiere. Pero este narrador gusta de acercarse tanto a la sociedad que va a criticar (pues ejemplifica las acciones de la novela con referencias a hecho verídicos de la alta sociedad del momento), que el lector poco familiarizado con ese lugar y momento histórico se perderán en sus divagaciones. Divagaciones que las (soporíferas) notas explicativas de esta edición no nos hace mucho más llevaderas.

Son estos detalles los que hacen de "Vanity Fair" un hueso bastante duro de roer, pero si os interesa el tema y el argumento (que no os voy a describir aquí, porque para eso podéis leer el resúmen en la Wiki), lanzaos sin dudarlo. Porque aprender, aprendes. Y el inicio y desenlace de la novela son una maravilla. El problema está en el nudo, que a veces es infumable.

Además, junto con el narrador, tengo que reconocerle a Thackeray otro gran punto a favor: la forma que tiene de hacer evolucionar a los personajes y hacer que se arrepientan o que cambien radicalmente, llevando a cabo actos que, en un principio, nunca relacionariamos con ellos, alejándolos así de simples "tipos". Ahora, 150 años después, estos actos no nos sorprenden mucho, porque ya lo hemos leído o visto casi todo, y ya poco nos sorprende.

Y aún así, me esperaba otro final, fíjate tú. En resúmen, un libro difícil, pero que además de contar una historia, es una lección de Historia en sí mismo.

PD: Esta noche voy a empezar "Gravity's Rainbow", de Thomas Pynchon. Deseadme suerte. Si no me volvéis a ver con vida, que no os extrañe. Masoca soy, oiga...

2 comentarios:

  1. Lo de la broma es por la sugerencia a guiarnos por el Canon de Bloom, ¿verdad? Porque podría empezar a escribir largo y tendido sobre mis opiniones acerca del canon ;)

    De momento no lo tengo en mi lista de cuentas pendientes, y tras tu primer párrafo, menos, jejeje.

    ResponderEliminar
  2. Jajaja. Si, era por el Canon de Bloom. Y tus opiniones supongo que son las mismas que las nuestras. Que para tragarme el Canon con lo que a él le guste, me hago yo el mío, xD.

    Y nada, Thackeray es como Dickens pero con más glamour. (Acabo de decir algo por lo que merezco arder en los infiernos de la Literatura, pero era por resumir ;-) ).

    ResponderEliminar