miércoles, 23 de febrero de 2011

El ardor de la sangre, de Irène Nèmirovski

En teoría esta debería ser la entrada correspondiente a Tristram Shandy, pero me parece que ese Señor Libro me va a llevar un par de meses más. Que se las trae.

Voy a ser breve, como este librito de Irène Nèmirovski, quien al parecer "lo está petando" en el mundo editorial contemporáneo. Digo al parecer porque la edición contemporánea me es completamente ajena: de momento, mi principal preocupación es todo lo que va antes. Ya cambiará eso con el tiempo.


Digo "edición" y no "literatura", porque esta novelita fue escrita en los años 30/40 (Nèmirovski murió en Auschwitch en el año 42), pero fue publicada por primera vez en español, y creo que también en francés, en 2007, al encontrarse el manuscrito. La historia de esta mujer ya vale la pena por sí misma, así como la biografía que dudo tarde mucho en salir. Inteligente de narices y valiente de pelotas.

El ardor de la sangre nos introduce en ese mundo de provincias francés en el que todo gira en torno al trabajo, la agricultura, la naturaleza, la gastronomía, y el qué diran. Yo no dejaba de imaginar la película Chocolat, solo que en tamaño mucho más reducido.

En mi opinión, la historia no es gran cosa. Pequeños secretos de familia y el devenir de la historia de un pueblo en el que nada interesa y en realidad, nada pasa. Una época yerma, gris y triste, aunque se hable de la primavera. Reminiscencias invernales (aunque muy atenuadas, claro) al Ethan Frome de Edith Wharton. Es el típico relato que nunca me llamaría la atención, ni por los temas, ni por la historia, ni por el precioso uso del lenguaje de Nèmirovski, que lo tiene.

Es el narrador de la historia lo que ha hecho que recuerde con cariño este libro. Porque Silvio es un narrador que ya ha vivido y no tiene nada más por lo que vivir. Silvio, con sus 60 años, su mundo recorrido y sus corazones conquistados, se ha recluído voluntariamente en el corazón de la campiña francesa para... nada. Para observar. Para comentar sus diferencias de perspectiva entre su junventud, cuando el fuego lo movía todo, y su casi vejez, cuando ya nada puede cogerle desprevenido, cuando reniega del cambio, cuando se conforma con lo frugal.

¿Y por qué me ha gustado eso? Un hombre que se limita a andar, mirar, comer, beber y dormir, ¿por qué me gusta? Porque me ha dado una visión de la vejez que, probablemente por primera vez en la literatura, me ha gustado. Porque me ha hecho pensar que haber vivido todo lo que había por vivir y tener la oportunidad de ver cómo lo viven los demás, sin influir en ellos ni que ellos influyan en tí, puede ser precioso. Por la tranquilidad y la falta de preocupación que tiene y que me transmitió.

Por que me ha quitado el miedo a la vejez, y le he sabido ver las partes buenas.

Por supuesto, esta no es el alma de la novela. Es otra. Es ese fuego final que resurge en Silvio. Pero cada uno observa la literatura con sus propios ojos, y, obviamente, yo he tomado lo que he querido. Y lo que tomo es esto:

Disfruto con cosas sencillas que están a mi alcance: una buena comida, un buen vino, este cuaderno en que garabateo, que me proporciona una sarcástica y secreta alegría, y, sobre todo, la divina soledad. ¿Qué más puedo pedir?